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Testimonio de la hermana Karelia

                     Testimonio de la hermana Karelia

 

                                                                                                                                                         

 pero   Yo (Karelia) pero me pondré el nombre de Carmen, vivía en la localidad de Uyuni Bolivia, me embarace de mi tercer hija que en el transcurso de la gestación hasta los 7 meses todo iba bien pero cuando se acercaba el nacimiento me cogió el espíritu de muerte, yo sentía que mi hija iba a morir en el nacimiento, era algo que me agobiaba en esos 2 meses y medio que me restaban y le decía a mi esposo “vámonos a la Paz para el nacimiento del bebe” y como él trabajaba en el lugar era un poco difícil pedir muchos días de permiso, pero como yo insistía tanto me dijo bueno...

 

 

 

Entonces me relaje y más o menos a unos días, una noche me desperté como a las 8:30 (pues allá en ese pueblito lejos de la civilización a esa hora ya era demasiado tarde) sentí un dolor en mi vientre como si hubiera comido algo que me haya hecho mal; no eran los dolores de parto de ninguna manera porque era mi tercer hijo y entre que fui varias veces al baño, en un momento de esos me acuerdo que entre al dormitorio y me vino un dolor de estomago y me cogí de la pared y eso fue todo … eso paso el 20 de Febrero de 1985.

 

 

 

Seguramente mi esposo sintió que me desmaye, que me caí al suelo pero al mismo tiempo yo vi mi cuerpo tendido, me reconocí y me miraba pero no sentía dolor en mi cuerpo, ni en mi espíritu, todo lo veía en blanco y negro, después vi entrar a mi esposo al dormitorio donde estuve con la dueña de la casa así mismo otras personas que seguían llegando todas ellas alborotadas, me golpeaban el pecho, me hacían sentar, me movían, me daban respiración de boca a boca, hacían de todo conmigo pero yo volando logre salir de la habitación y pude ver al pueblo que tocaban las puertas, las personas todas corrían para ver mi cuerpo y  yo me recreaba mirando todo el pueblo, miraba donde estaba el mercado, la panadería, la tienda donde vendían la sal que antes no lo había visto, en fin, sentí que mire nuevamente mi cuerpo el cual estaba recubierto por una sábana blanca y una manta. También vi a mis dos hijitos durmiendo en una cama con mi esposo sentado del otro lado, después las gentes empezaron a marcharse a sus casas y otras se quedaron.

 

 

 

Como en el espíritu no había sentido ni dolor, ni aflicción, ni nada yo seguía volando, pase las nubes, un lugar negro bien obscuro,… después de eso llegue a un lugar tan bello, lleno de colores que no se puede describir porque creo que son los colores de esa paz tan maravillosa que solo el Señor sabe dar. Al entrar a ese lugar tan hermoso vi a lo lejos todo verde, lleno de flores y personas vestidas de blanco, con alas, todos vestidos de blanco, ese blanco que traspasa la pureza celestial.

 

 

 

En este lugar vi unos arcos grandes, todo era blanco, un pulpito grande con un libro grande;  yo quise entrar porque vi a una tía en esos jardines y en ese momento apareció un hombre alto de buena presencia con barba y vestiduras blancas, le dije quiero entrar porque está allí mi tía y debe estar también mi papa, pero ese hombre me dijo espera un momento,… ¿Cómo te llamas? le dije mi nombre, él abrió el libro buscando mi nombre pero no lo encontró y me dijo: tu nombre no está escrito en el libro de la vida, pero como yo no entendía, le dije, bueno no importa, yo solo quiero entrar a saludar a mis parientes, a mi papito que lo quiero, y me dijo: ¡No! No es tu hora, debes darte la vuelta, pero como yo no quería, seguía objetando, es así como a la tercera vez que  me dijo, me di la vuelta y me desperté en mi cuerpo frio.

 

 

Todo en ese momento era feo, en blanco y negro, no entendía, después mi esposo vino y me dijo: te quiero, es nena. Yo no comprendía lo que paso, la gente que acompañaba a mi esposo en ese tiempo (del velorio podríamos decir) bañaron a la bebe. Para cuando recupere la consciencia, poco a poco me trajeron a mi bebe para darle el pecho, en esos momentos sentía que no era mi hija, que no era nada mío, sentí un vacio en mi corazón.

 

 

 

Para cuando amaneció, era todo extraño, pesado, negro y blanco, sentía una carga, un sufrimiento por todos, pero en realidad no entendía mucho y me cogió una depresión tan grande que yo no quería vivir en este mundo lleno de amargura, de dolor, de pecado, es muy pesado, es todo sin vida (si uno no conoce al Señor), es todo vanidad de vanidades, es la flor que se ve bella llena de vida pero pronto se seca, se muere, se cae al suelo, se arrastra y se queda ahí. Todo esto me afecto mucho en la relación afectiva con mi hija, hasta casi sus 17 años, cuando conocimos la misericordia del Señor, de nuestro Cristo bueno, Santo Puro, lleno de amor y bondad.

 

 

 

El nos cambio y queremos seguir en los caminos del Señor hasta el final de nuestras vidas, acá en la tierra y estar en esos lugares celestiales donde se encuentra la Verdadera Paz en el Señor, con el Señor.

En mi pensamiento digo, después de ver y sentir tanta belleza en el espíritu, allá después de esta vida, me digo a mi misma: vale la pena creer con Fe en la vida eterna, junto a nuestro Creador, al que sabe Amar con ese amor puro sin odio, sin rencor, sin envidia, sin ira.

Señor Jesús, mi Salvador, te amo, ayúdame y ayuda a mis hijos, a mis nietos a llegar a ti cada día.”

                                               Amén

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